La música no se oye...se siente: El violín se siente en la piel
miércoles, 21 de julio de 2010
Sweet Nothing in My Ear Movie Trailer with Captions
"Sweet nothing in my hear" es una película que vale la pena ver. La dualidad entre el mundo del silencio y el del sonido es inevitable...
sábado, 19 de septiembre de 2009
Trece años después
Cuando abrí la puerta, la vi un poco diferente: tenía el cabello más corto de lo que recordaba. Vestía una blusa elegante de color rosado, pantalón café y zapatillas de bronce, hábito contrario a mi recuerdo ya que en aquellos tiempos, hace unos trece años, solía usar camisas frescas de colores pasteles, pantalones cómodos y el cabello largo. Se llamaba Marta Lucía Camacho y había trabajado durante mucho tiempo en Barrancabermeja, primero como profesora de educación especial (entre niños Sordos, con discapacidad física y sensorial) y, luego, en colegios de Ecopetrol como maestra de primero y segundo de primaria. Fue ella quien me enseñó a leer y escribir cuando tenía siete años: recuerdo sus labios pronunciando las sílabas que debía imitar con la ayuda de un audífono tan grande como un artefacto de la edad de piedra; la paciencia y los cuentos con los que me enseñó a leer: la gallina de los huevos de oro, Hansel y Gretel, la niña de los risitos de oro... Recuerdo que al pincipio las historias eran muy fáciles, venían acompañadas de illustraciones gigantescas que aclaraban lo que estaba escrito; y que, a medida de que pasaba el tiempo, los ejercicios se fueron poniendo cada vez más difíciles hasta llegar a cuentos extensos cada vez más abstractos. Aquél día, muchos años después de mudanzas, trabajos y estudios, venía a almorzar a mi casa, con su hijo Luis Guillermo, a quien recuerdo como a un niño regañado en algunas ocasiones. Había dejado la docencia hacía algunos años cuando hubo cambios estructurales y administrativos en la empresa petrolera y ahora estaba dedicada a los trámites en la misma institución que la trasladó a otro cargo, mientras esperaba los pocos años que le hacían falta para poder jubilarse. Sin embargo, era la docencia la que la hacía feliz: le agradaban las voces de los niños, sus caras amenas e infantiles, las curiosas preguntas espontáneas, los asombros eventuales en sus rostros, las risas fugaces y las canciones infantiles. Pero lo que más le encantaba- entonces- era ver los primeros pasos que daban sus alumnos cuando empezaban a leer y escribir: le divertían los garabatos forzados que se transformaban luego en caligrafías legiles de cuentos inventados; le fascinaba ver cómo los niños pasaban de la pronunciación insegura de las sílabas para alcanzar la habilidad de la lectura y la comprensión “ sobretodo la comprensión –decía- no es lo mismo pronunciar lo que está escrito a entender eso que realmente se dice”. Afirmó con una severidad innegable que el verdadero maestro era aquel que asume los retos, y eso implica tener en cuenta a todos los alumnos, “hasta el más apartado, el más rebelde e indisciplinado, el más retraído e hiperactivo pues a veces, me daba cuenta, de que esos niños “no aprendían” porque tenían padres analfabetas, venían de familias rígidas o tenían alguna dificuldad” Contó que, varias veces, extendía su horario de trabajo para darles tutorías personalizadas, ya que consideraba que el verdadero triunfo era que todos aprendieran sin discriminación.
Muchos años antes, cuando era apenas una recién graduada de la Normal Superior de Girón, llegó a Barranca con la determinación de trabajar como maestra en la escuela primaria. Fue entonces cuando empezó en primer grado en el colegio Antonio Nariño. No fue una expreriencia tan agradable pues, según sus propias palabras, cometió muchos atropellos de principiante: era difícil dominar un grupo de cuarenta y algo de estudiantes entre los seis a ocho años de edad, desde los más humildes y disciplinados hasta los más cansones y alborotados. Además, no faltó la hostigante vigilancia de la supervisora que obstaculizaba todo cuando ella emprendía, con el firme propósito de enseñar a leer, escribir y las operaciones básicas de la aritmética. Era una señora de edad que había trabajado varios años en la institución y – quizás, para torturar a las principiantes- se dedicaba a observar clases ajenas y anotar exagerando sus falencias en un cuaderno que le mostraba al coordinador. Sin embargo, muchos años después, cuando la secretaría de educación le pidió a Marta Lucía que capacitara a unos maestros en una conferencia, la supervisora fue su alumna. Al año siguiente de su primera experiencia, empezó a trabajar en el Montesori, un colegio de educación especial. Allá la experiencia fue agradable pues –según afirmó- se dio cuenta de que todos pueden aprender y llegar lejos aunque fueran diferentes: adaptó sus métodos a las necesidades de los alumnos y – con los Sordos- empleó el método oral para enseñarles a leer, ya que en ese entonces la Lengua de Señas estaba prohibida. Por casualidad, mi madre, que trabajaba en dicha institución como fisioterapeuta de los niños con discapacidades físicas y motoras, la conoció enseñando a leer a un niño Sordo, que también era su paciente, por vibración de las cuerdas vocales. Algunos años más tarde, cuando ya estaba cansada de las terapias de audición y del lenguaje, la contactó para que me ayudara en la parte académica- que entendía muy poco- y fue cuando me inició en el código escrito. Posteriormente, mucho antes de que yo naciera, ingresó al cuerpo docente del Colegio el Rosario – de la empresa petrolera- y, por último, al Infantas, donde se dedicó a los primeros años de la primaria. Fue después de un periodo de violencia en Barranca y de unas reformas estructurales cuando pasó del aula de clases a un cubículo de oficina, esperando jubilarse para alcanzar su sueño: la fundación de un colegio con sus métodos desarrollados.
Fue entonces aquel día de visita en que se dio cuenta de que estaba siguiendo los pasos para ser docente, a pesar de que alguna vez había mencionado – irónicamente, al frente de ella- que jamás sería maestra y menos de español. Se entusiamó con la noticia ya que, tal como lo comprobó ella misma, era urgente que existiera un método para enseñar los Sordos a leer y escribir pues, según me confesó, el suyo solo había funcionado conmigo porque había sido una asesoría personalizada y, además, porque era labiolectora. Pero con el resto le daba la impresión de que estaban condenados a la soledad: “ les busco colegios pero solo encuentro uno en todo Santander, los métodos tradicionales y los que yo crée no funcionan para ellos así que, que solo tienen dos opciones: estudiar en un colegio de educación regular donde no todos los docentes son pacientes o matricularse en ese colegio, que es Centrabilitar.Si no acuden a ninguna opción, solo les queda estar solos y sin aprender”
Muchos años antes, cuando era apenas una recién graduada de la Normal Superior de Girón, llegó a Barranca con la determinación de trabajar como maestra en la escuela primaria. Fue entonces cuando empezó en primer grado en el colegio Antonio Nariño. No fue una expreriencia tan agradable pues, según sus propias palabras, cometió muchos atropellos de principiante: era difícil dominar un grupo de cuarenta y algo de estudiantes entre los seis a ocho años de edad, desde los más humildes y disciplinados hasta los más cansones y alborotados. Además, no faltó la hostigante vigilancia de la supervisora que obstaculizaba todo cuando ella emprendía, con el firme propósito de enseñar a leer, escribir y las operaciones básicas de la aritmética. Era una señora de edad que había trabajado varios años en la institución y – quizás, para torturar a las principiantes- se dedicaba a observar clases ajenas y anotar exagerando sus falencias en un cuaderno que le mostraba al coordinador. Sin embargo, muchos años después, cuando la secretaría de educación le pidió a Marta Lucía que capacitara a unos maestros en una conferencia, la supervisora fue su alumna. Al año siguiente de su primera experiencia, empezó a trabajar en el Montesori, un colegio de educación especial. Allá la experiencia fue agradable pues –según afirmó- se dio cuenta de que todos pueden aprender y llegar lejos aunque fueran diferentes: adaptó sus métodos a las necesidades de los alumnos y – con los Sordos- empleó el método oral para enseñarles a leer, ya que en ese entonces la Lengua de Señas estaba prohibida. Por casualidad, mi madre, que trabajaba en dicha institución como fisioterapeuta de los niños con discapacidades físicas y motoras, la conoció enseñando a leer a un niño Sordo, que también era su paciente, por vibración de las cuerdas vocales. Algunos años más tarde, cuando ya estaba cansada de las terapias de audición y del lenguaje, la contactó para que me ayudara en la parte académica- que entendía muy poco- y fue cuando me inició en el código escrito. Posteriormente, mucho antes de que yo naciera, ingresó al cuerpo docente del Colegio el Rosario – de la empresa petrolera- y, por último, al Infantas, donde se dedicó a los primeros años de la primaria. Fue después de un periodo de violencia en Barranca y de unas reformas estructurales cuando pasó del aula de clases a un cubículo de oficina, esperando jubilarse para alcanzar su sueño: la fundación de un colegio con sus métodos desarrollados.
Fue entonces aquel día de visita en que se dio cuenta de que estaba siguiendo los pasos para ser docente, a pesar de que alguna vez había mencionado – irónicamente, al frente de ella- que jamás sería maestra y menos de español. Se entusiamó con la noticia ya que, tal como lo comprobó ella misma, era urgente que existiera un método para enseñar los Sordos a leer y escribir pues, según me confesó, el suyo solo había funcionado conmigo porque había sido una asesoría personalizada y, además, porque era labiolectora. Pero con el resto le daba la impresión de que estaban condenados a la soledad: “ les busco colegios pero solo encuentro uno en todo Santander, los métodos tradicionales y los que yo crée no funcionan para ellos así que, que solo tienen dos opciones: estudiar en un colegio de educación regular donde no todos los docentes son pacientes o matricularse en ese colegio, que es Centrabilitar.Si no acuden a ninguna opción, solo les queda estar solos y sin aprender”
viernes, 18 de septiembre de 2009
viernes, 11 de septiembre de 2009
Naufragio
domingo, 2 de agosto de 2009
Porque somos Sordos (poema original en LSC)
Porque somos sordos ( Traducción LSC- Español)
Porque somos sordos
no nos enseñan a escribir
no nos enseñan a escribir
porque somos sordos
Nos enseñan a reír
y a decir todo "sí"
o con las señas a mentir
para jamás descubrir[1],
porque somos sordos
No nos enseñan las comas
con el pretexto de no oír[2]
jamás una tilde, un punto y coma
porque somos sordos
No nos dan a descubrir
la historia que leí
no conocemos el país
porque somos sordos
Parce que nous sommes sourds (traduction LSC- Fraçais)
Parce que nous sommes sourds
on ne nous apprend pas à écrire
on ne nous apprend pas à écrire
parce que nous sommes sourds
On nous enseigne à rire
et à dire à tout « oui »
ou avec des signes à mentir
pour ne jamais réflechir
parce que nous sommes sourds
On ne nous apprend pas les virgules
sous pretexte d’être sourds[3]
jamais un accent ni point-virgule
parce que nous sommes sourds
On ne nous montre jamais
cette histoire-là que j’ai lu
nous ne connaisons pas le pays
parce que nous sommes sourds
[1] La traducción exacta sería “reflexionar”, pero se pone “descubrir” por efectos de ritmo, pero con una connotación diferente
[2] Literalmente sería: “[ellos] dicen no puede oír”
[3] On peut dire aussi: parce qu’ils disent « il n’entend pas » ou « sous pretexte de ne pas entendre »
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